martes, 25 de agosto de 2009
Salida de Última
Del otro, luz roja…
Por allá, violeta…
Para acá, amarilla…
Y luz roja nuevamente…
Por doquier, el humo la refleja.
Mi cabeza, con migrañas.
Mi mente, confundida.
Mi razón, dañada.
Mas mi euforia, seguía.
Los ojos me ardían,
Todo era confusión,
¿Acaso ya es de día?
Me mareo… ¡Y tropezón!
Mi lengua mentolada…
Mis dientes adoloridos…
La garganta me quemaba…
¡Y ni hablar de mis oídos!
En la atmósfera el porro…
Una cumbiancha sonaba…
En la puerta algún chorro…
Afilado me esperaba…
Alegre salí del local…
Con nami en brazo pa’l telo
De pronto me pasa un puñal
Y fui derecho pa’l suelo.
Alegre salí del local…
Con nami en brazo pa’l telo
De pronto me pasó un puñal
Y fui derecho pa’l cielo.
domingo, 16 de agosto de 2009
Lenta Agonía
Hoy le traigo algo que escribí hace mucho tiempo... cuando me dedicaba a trabajar en un supermercado en un pueblito olvidado del mundo...
El título de la obra es el que figura arriba.
Espero que lo aprecie...
Lo primero que recuerdo, es haber sido creado.
Es muy fácil saberlo todo de mí. Mi peso. Mi tamaño. Mi origen. Qué es lo que tengo y de qué estoy hecho. Incluso, mi vida útil.
Al poco tiempo me metieron, junto a otros como yo, en un lugar oscuro.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero luego de sacudirnos mucho, finalmente vimos la luz.
Entonces nos agarraron y nos volvieron a agrupar. Siempre siguiendo algún orden. O nos apilaban o nos ponían en filas.
Al menos, en ese momento pude conocer a otros más viejos que yo, y a algunos un poco diferentes.
En ese nuevo lugar, uno podía pasar segundos, horas o días. Para poder seguir, alguien debía observarme, analizarme y preferirme.
Una vez que me eligieron, pensé que, para esa persona, era especial.
O al menos eso creí hasta ver que esa persona había elegido docenas de sujetos, de diferentes orígenes, colores y tamaños. Entonces supuse que me esperaba un viaje emocionante.
En este trayecto me sacudieron y golpearon. Iba de un lado al otro junto a todos los que me acompañaban.
Finalmente llegué a destino.
Volvieron a analizarme, esta vez, para ubicarme en un lugar fresco y cómodo. Aunque algo obscuro.
Al cabo de poco tiempo, alguien volvió a seleccionarme.
Pero esta vez, no me ubicaron en ningún lugar obscuro, ni en ningún otro lugar.
Esta persona no se preocupaba por lo que pudiese ocurrirme en lo absoluto.
De hecho, aquél buscaba hacerme daño.
Abrió la parte superior de mi cabeza. Y, con una extraña herramienta maligna fue extrayéndome poco a poco mis líquidos internos, y mi esencia.
El responsable no se preocupaba por mi sufrimiento ni mi agonía. Es más, disfrutaba cada momento.
Estaba devorándome.
Cuando prácticamente me había dejado sin líquido ni contenido alguno en mi cuerpo, me arrojó a un lugar nauseabundo y repugnante. Y luego de unas horas, volví a la obscuridad.
Mi destino, a partir de ese momento, podría tener dos finales:
Podría ser enterrado en las profundidades, donde agonizaría lentamente hasta que el paso del voraz tiempo destruyera mis entrañas.
O podrían enviarme a las llamas, donde agonizaría lentamente en un fuego infernal, junto a un intenso dolor, hasta que mi cuerpo quedase reducido a cenizas, y el viento las dispersara por doquier.
Es increíble lo crueles e insensibles que pueden llegar ser los seres humanos con un simple e inocente envase de yogur.
viernes, 7 de agosto de 2009
No importa dónde...
Estimado lector:
Luego de haberme introducido apropiadamente, me atrevo a iniciar mis reflexiones con tranquilidad.
La que voy a contar hoy surgió de la siguiente manera:
Una fresca tardecita de un Viernes salía de mi clase de tango semanal para tomarme el colectivo que me llevaba a casa. Por suerte tenía una moneda de veinticinco, y otra de un peso para viajar. Pero se ve que ese no era mi día, porque la de un peso se me resbaló súbitamente de las manos para caer derechito en la vereda. No hubiera sido gran cosa de no ser porque fue rodando hasta el cordón… para recaer justo en un torrentecito de agua cloacal. Bendiciendo a mis queridísimas manos torpes la empujé con el zapato hacia terrenos más áridos, para agarrarla con la manga de mi campera, no sin un poco de asquete. Toda una desgracia.
Igual eso no es lo importante del asunto.
Al subirme al colectivo pagué el viaje con las monedas y, por suerte, pude sentarme al instante.
A los tres segundos me palpé los bolsillos para controlar que tuviera mis tres objetos esenciales:
Billetera… Sí.
Teléfono… Sí
Llaves… llaves… ¡No!
Bendije esta vez a mi descuido y comprobé que no se me hubiesen caído ahí mismo en el colectivo… y no.
Bajé y empecé a pegar marcha atrás... hice un poco de memoria, para ver si las tenía cuando ingresé a tango… no estaba seguro pero suponía que no.
Fui derecho al laburo.
Ya era de noche y estaba cerrado el lugar. Así que toqué el portero y hablé con uno de seguridad explicándole que trabajaba ahí.
Luego de dejarme pasar por la puerta del costado, comencé la marcha hacia mi escritorio…
Tuve que pasar por al lado del comedor, y recordé a mis amigos del trabajo, con los que había almorzado ahí hacía unas horas. Seguí avanzando por el pasillo, a la izquierda una puerta de vidrio llevaba a otro pasillo con una oficina… donde antes se sentaba una compañera con la que trabajaba un montón, aunque la habían cambiado al segundo piso. Seguí avanzando y doblé a la izquierda, dos pasos después estaba la puerta de una compañera que es encantadora, pensé en pasar a saludarla por un momento, pero recordé que la oficina estaba vacía.
Subí las escaleras para llegar a la habitación en la que trabajo. Di unos pasos y vi un escritorio, su computadora y el asiento vacío de un tipo que simplemente es un genio.
Continué hacia mi oficina notando lo raro que me sentía ahí, andando por esa zona normalmente llena de personas; personas con las que compartía ocho horas diarias y que había aprendido a estimar. En ese momento no las extrañaba, porque sabía que aún “estaban” ahí: el Lunes siguiente volvería a saludarlos a todos y sonreírles. Llegué hasta mi escritorio y encontré en el primer cajón a mis escurridizas llaves, asomándose burlonas.
Después asomé mi cabeza para ver si encontraba a los que se sentaban al lado mío…
Sí, mi estimado lector, sé que es ridículo porque a esa hora no deberían estar, yo también lo sabía entonces.
Y aún así, los reflejos inconscientes que se activaban para ver si me encontraba acompañado, o no, fueron más fuertes.
A fin de cuentas, Andrés tiene razón: “El amor es más fuerte.”
Y el aprecio que les sentía a mis compañeros también lo era.
Y luego me dije: ¿Porqué te estás emocionando así en este momento? ¿Qué lo causa?
Y vi a mi alrededor las oficinas vacías mientras reflexionaba en ese lugar…
¡Qué lindo lugar que era ese!
Y sin embargo, era una oficina común y corriente, con paredes blancas y un piso oscuro, y una luz brillante, algunas baldosas del piso están rotas y lo tapan con una alfombra de goma para que no se note.
¿Y dónde está lo lindo de ese lugar?
¿Dónde se encontraba lo que provocaba esa leve sonrisa en mi rostro cansado?
Evidentemente ese edificio no podía generarme las sensaciones, pues no es más que ladrillos y cemento.
Pero las personas que habían ahí, y el cariño que les tomé es lo que sentía al cruzar vacías las instalaciones.
¿Acaso uno extraña los lugares a los que ha viajado sólo?
Y si lo extraña… ¿No será que hubo alguien ahí para conocer?
¿O quizás alguien con quien viajó, cuyo afecto se trasladó al recuerdo fotográfico? ¿O alguien a quien extrañaba?
En mi humilde opinión, pienso que así es, y con una conclusión muy resumida de estas líneas concluyo mis reflexiones del día:
No importa dónde, sino quién.
¿Para qué un blog?: Acendrando desde el comienzo
( cansados estamos de escucharlo)
Y los tiempos, más apurados
(ídem)
Durante la semana uno suele tener actividades diarias (llámese laburo, facultad, actividades, encontrar formas originales de rascarse, etc etc).
Y es durante los fines de semana que uno aprovecha para dormir, encontrarse con sus seres queridos, salir con los amigos y cuándo no para reflexionar un poco.
Sin embargo, creo que esa poca de reflexión queda insaciada muchísimas veces.
Es por eso que he decidido crear este blog.
Con él, podré compartir con ustedes, los lectores, mis reflexiones a profundidad, tomándome el tiempo para escribir detenidamente, pensando y seleccionando meticulosamente las palabras a escribir.
Ya que lo escrito siempre puede ser más pensado que lo dicho.
Y así puede ayudar a expresar mejor ideas que, si no, se dispersan en las ondas sonoras del aire, y se hunden en las neuronas cansadas de la memoria.
En cuanto al nombre de mi blog, fue elegido algo a la ligera.
Por un lado, quería hacer referencia a un libro que no he leído mucho, pero que siempre me agradó cuando lo hice. (Se trata de "El Hombre que Calculaba").
Quería encontrar un verbo que sonara más o menos parecido a "calculaba". Debía tener cuatro sílabas y que su conjugación verbal lo hiciera rimar con el del libro.
Lo más bruto que se me ocurrió fue agarrar un diccionario y buscar verbos que empiecen con "A".
Y me pareció más interesante que fuera un verbo poco conocido, para poder enriquecer mi léxico con su conocimiento, y de paso hacer que usted, mi querido lector, pudiese tener el mismo beneficio. El asunto es que "Acendrar" me pareció que sonaba apropiadamente, por lo que cumplía el primer requisito.
El segundo requisito era que pudiese usar metafóricamente la palabra para algo que describiera lo que el blog sería.
Acendrar significa, segun la RAE:
1. tr. Depurar, purificar en la cendra los metales preciosos por la acción del fuego.
2. tr. Depurar, purificar, limpiar, dejar sin mancha ni defecto.
Luego de ver el significado, me encantó.
Al fin y al cabo, mediante el blog pretendo depurar la mente, para que salgan a la luz todos los metales preciosos, todo el valor, y al hacerlo poder compartirlo con vos, mi apreciado lector.
Por antedicho, le doy la bienvenida, pues tendremos el gusto de compartir este espacio.