Una vez, hace unos dos años, me encontraba en la zona de Cabildo y Juramento. Tenía que volver a mi casa y, como de costumbre, pensé en tomarme el subte.
Desafortunadamente, elegí viajar un día en el que había huelga. Por lo que no me quedó más remedio que tomar un colectivo de la zona.
Tras una breve conversación con un diariero me indicó que me podía tomar el colectivo cientoequis, que paraba doblando la esquina. Teniendo afortunadamente monedas, me aproximé a la parada. Habrían fácilmente unas quince personas delante de mí. Decidí valorar la paciencia y aguardé.
Mientras aguardaba, veía los autos doblar en la esquina, introduciéndose en el océano asfáltico de Cabildo.. Observaba la hecatombe transitoria que combinaba peatones, bondis, autos, motos, bicicletas y demás transportes que adornaban el paisaje.
Pasaron unos fáciles quince minutos. Yo empezaba a ojear el reloj y preguntarme cuándo llegaría el condenado colectivo. Le pregunté a la mujer enfrente mío si tomaba esa línea con frecuencia. Para mi sorpresa, no. Un diariero de a la vuelta le había informado de la parada. Extrañado, continué aguardando la llegada.
Contemplando el movimiento que las agujas del reloj del kiosco de enfrente realizaban esperé un poco más. A pesar de que ya había cinco personas detrás de mí, decidí retirarme de la fila para hablar con la persona que encabezaba la misma.
Me comentó que se enteró de la parada en una tienda, que se encontraba enfrente del kiosco de diarios. La situación me comenzaba a oler a gato encerrado. Pensé por un momento aproximarme al kiosco en cuestión. Sin embargo, en tal caso correría el riesgo de perder el colectivo si pasara, ya que sería imposible alcanzarlo.
La presión y la duda se apoderaron de mí. ¿Valía la pena confirmar la fuente? ¿O sería mejor permanecer inmóvil, nervioso y sobre todo enrabiado por esperar improductivamente a un colectivo que se negaba a aproximarse?
Estaba frente una toma de decisión. ¡Qué difícil que fue elegir eso!
Decidí arriesgarme a perder el colectivo. Ya se me hacía tarde y no deseaba permanecer inactivo esperando.
Doblé la esquina y caminé la media cuadra que me separaba del dichoso kiosco. Me aproximé al vendedor y le consulté si estaba seguro de que el colectivo paraba ahí. Me dijo que suponía que sí.
Frente a esa respuesta ambigua, le consulté si había visto durante ese día el colectivo.
Para mi sorpresa, me confirmó que no sólo no lo había visto ese día, si no que no lo había visto jamás en su vida.
Entonces le pregunté que cómo sabía si era una parada real. Me dijo que un sujeto se lo había comentado una vez, y que luego le había consultado a sus colegas de la cuadra. Todos habían recibido el mismo mensaje por lo que presumieron que sería verdad.
Agradecido de que me hubiese dicho esto, decidí ir a buscar la parada de algún otro colectivo, que encontré cinco cuadras más adelante. Al poco tiempo éste llegó y pude volver a mi casa.
Días después volví a pasar por ahí. Y decidí visitar la parada del cientoequis. Noté que se encontraban las mismas personas que antes, esperando y esperando el colectivo. Me arrimé a ellos y les explique que el colectivo no era real, y les recomendé que tomen uno que se encontraba a cinco cuadras.
Para mi sorpresa, esas personas no me agradecieron por el dato. En su lugar, se ofendieron. Me pidieron que se los demostrara, lo que no pude hacer. Les expliqué la conversación que tuve con el diariero. Me respondieron que si el vendedor no lo había visto, es porque sería corto de vista. Incluso les mostré la Guía-T, donde no figuraba el cientoequis por ningún lado. Alegaron que la edición pudo venir mal de fábrica.
Además, me dijeron que si se retiraban yo podría ponerme en el primer lugar de la fila para adelantarme a ellos.
Sorprendido y apenado, me retiré de ahí. Caminé las cinco cuadras hacia la otra parada y volví a mi hogar.
Paso por esa esquina de vez en cuando, y sigo mirando, apenado, a esas personas, que esperan y siguen esperando por eso que nunca llegará.