viernes, 7 de agosto de 2009

No importa dónde...

Estimado lector:

Luego de haberme introducido apropiadamente, me atrevo a iniciar mis reflexiones con tranquilidad.

La que voy a contar hoy surgió de la siguiente manera:

Una fresca tardecita de un Viernes salía de mi clase de tango semanal para tomarme el colectivo que me llevaba a casa. Por suerte tenía una moneda de veinticinco, y otra de un peso para viajar. Pero se ve que ese no era mi día, porque la de un peso se me resbaló súbitamente de las manos para caer derechito en la vereda. No hubiera sido gran cosa de no ser porque fue rodando hasta el cordón… para recaer justo en un torrentecito de agua cloacal. Bendiciendo a mis queridísimas manos torpes la empujé con el zapato hacia terrenos más áridos, para agarrarla con la manga de mi campera, no sin un poco de asquete. Toda una desgracia.

Igual eso no es lo importante del asunto.

Al subirme al colectivo pagué el viaje con las monedas y, por suerte, pude sentarme al instante.

A los tres segundos me palpé los bolsillos para controlar que tuviera mis tres objetos esenciales:

Billetera… Sí.

Teléfono… Sí

Llaves… llaves… ¡No!

Bendije esta vez a mi descuido y comprobé que no se me hubiesen caído ahí mismo en el colectivo… y no.

Bajé y empecé a pegar marcha atrás... hice un poco de memoria, para ver si las tenía cuando ingresé a tango… no estaba seguro pero suponía que no.

Fui derecho al laburo.

Ya era de noche y estaba cerrado el lugar. Así que toqué el portero y hablé con uno de seguridad explicándole que trabajaba ahí.

Luego de dejarme pasar por la puerta del costado, comencé la marcha hacia mi escritorio…

Tuve que pasar por al lado del comedor, y recordé a mis amigos del trabajo, con los que había almorzado ahí hacía unas horas. Seguí avanzando por el pasillo, a la izquierda una puerta de vidrio llevaba a otro pasillo con una oficina… donde antes se sentaba una compañera con la que trabajaba un montón, aunque la habían cambiado al segundo piso. Seguí avanzando y doblé a la izquierda, dos pasos después estaba la puerta de una compañera que es encantadora, pensé en pasar a saludarla por un momento, pero recordé que la oficina estaba vacía.

Subí las escaleras para llegar a la habitación en la que trabajo. Di unos pasos y vi un escritorio, su computadora y el asiento vacío de un tipo que simplemente es un genio.

Continué hacia mi oficina notando lo raro que me sentía ahí, andando por esa zona normalmente llena de personas; personas con las que compartía ocho horas diarias y que había aprendido a estimar. En ese momento no las extrañaba, porque sabía que aún “estaban” ahí: el Lunes siguiente volvería a saludarlos a todos y sonreírles. Llegué hasta mi escritorio y encontré en el primer cajón a mis escurridizas llaves, asomándose burlonas.

Después asomé mi cabeza para ver si encontraba a los que se sentaban al lado mío…

Sí, mi estimado lector, sé que es ridículo porque a esa hora no deberían estar, yo también lo sabía entonces.

Y aún así, los reflejos inconscientes que se activaban para ver si me encontraba acompañado, o no, fueron más fuertes.

A fin de cuentas, Andrés tiene razón: “El amor es más fuerte.”

Y el aprecio que les sentía a mis compañeros también lo era.

Y luego me dije: ¿Porqué te estás emocionando así en este momento? ¿Qué lo causa?

Y vi a mi alrededor las oficinas vacías mientras reflexionaba en ese lugar…

¡Qué lindo lugar que era ese!

Y sin embargo, era una oficina común y corriente, con paredes blancas y un piso oscuro, y una luz brillante, algunas baldosas del piso están rotas y lo tapan con una alfombra de goma para que no se note.

¿Y dónde está lo lindo de ese lugar?

¿Dónde se encontraba lo que provocaba esa leve sonrisa en mi rostro cansado?

Evidentemente ese edificio no podía generarme las sensaciones, pues no es más que ladrillos y cemento.

Pero las personas que habían ahí, y el cariño que les tomé es lo que sentía al cruzar vacías las instalaciones.

¿Acaso uno extraña los lugares a los que ha viajado sólo?

Y si lo extraña… ¿No será que hubo alguien ahí para conocer?

¿O quizás alguien con quien viajó, cuyo afecto se trasladó al recuerdo fotográfico? ¿O alguien a quien extrañaba?

En mi humilde opinión, pienso que así es, y con una conclusión muy resumida de estas líneas concluyo mis reflexiones del día:

No importa dónde, sino quién.


Adío

2 comentarios:

Julio dijo...

Hola Rodrigo! Están muy interesantes tus reflexiones! Sigue escribiendo, q de verdad es una buena terapia!!!!!

Saludos!

Rocio Guterrez Vaquer dijo...

Rorro, me parecieron muy lindas tus palabras!! Esta muy bien redactado!!! Segui asi!!!!

Besos..