Recuerdo que una vez, de niño, hacía mi caminata diaria de largas cuadras hacia la escuela. Y andando así, me llegó a mi mente una idea descabellada. Imaginé mi piel como los barrotes que separan a un convicto de su libertad. Supuse que mis sentidos serían como una pequeña ventana por la que entraría la luz del sol.
Mi estimado lector, durante largo tiempo pensé e intenté convencerme de que eso era así. Me sorprendió años después descubrir que algún griego había llegado a las mismas conclusiones hace miles de años.
Pero mi imaginación no se detuvo ahí. Y me pregunté: Si el cuerpo es mi cárcel ¿Cuál sería mi libertad? Supuse que la respuesta sería el abandono del cuerpo mismo.
Entró en mi mente la idea de poseer “menos cuerpo”. Si éste fuera una cárcel, evitarlo debería hacerme más libre.
Observé mis piernas, que me ayudaban a transportarme... ¿cómo podría avanzar si careciera de ellas?
Si no tuvieran nariz, ¿podrían oler el aroma de una rosa?
Observé la prolongación de mis brazos... ¿a quién podría darle una mano cuando las mismas se me cayeran?
Observé la yema de mis dedos... ¿podría palpar la suavidad de la piel si me faltaran mis dedos?
Pensé en mi lengua... ¿cómo poder degustar los mejores manjares si no poseyera mi lengua? ¿Cómo podría hablar y expresarme con el resto de la humanidad?
¿Y cómo podría darle un beso a mis seres amados si careciese de labios?
¿Acaso usted, mi querido lector, conoce a alguien que pueda ver sin la necesidad de ojos? ¿Cómo podría observar la luz y los colores sin sus globos oculares?
¿Cómo escuchar el romper de las olas en el mar, si careciese de oídos?
Pero estas no son todas las capacidades que tenemos los hombres... ¡Qué lindo que es amar a otro ser humano! ¡Qué lindo que es poder recordar a la familia! Y ¿no es maravilloso que todos podamos pensar algo sobre estas palabras?
El pensar, el querer y el recordar son cosas que todos los hombres sanos pueden hacer, ¡y cómo disfrutamos de estas tres capacidades! ¡Qué importante es tener un espacio en nuestra mente, en nuestra cabeza, que nos permita realizar estos procesos importantísimos para nuestras vidas!
Estimado lector, si ha llegado a este punto de la lectura notará que ya no pienso que mi cuerpo sea una cárcel. ¡Todo lo contrario! Mi cuerpo es la morada de mi ser, y es el que me permite realizar todas las importantísimas funciones que describo arriba. Si perdiese una parte de mi cuerpo perdería parte de mis capacidades. Incluso parte de mi ser
Por eso, me gustaría poder gritar y decir con orgullo:
¡El que pueda caminar, que camine!
¡El que pueda palpar, que palpe!
¡El que pueda hablar, que hable!
¡El que pueda oler, que huela!
¡El que pueda ver, que vea!
¡El que pueda oír, que oiga!
¡El que pueda sentir, que sienta!
¡El que pueda recordar, que recuerde!
¡El que pueda pensar, que piense!
¡EL QUE PUEDA VIVIR, QUE VIVA!
Estimado lector, con estas enérgicas palabras lo dejo en esta oportunidad, y le deseo salud para poder hacer estas cosas durante muchos años más.
¡Paz!
¡Y salud!
jueves, 3 de septiembre de 2009
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